Un banquete mexicano

Ya hemos hecho algún viaje en este blog, y hoy añadimos otro capítulo a ese interminable camino: nos gusta viajar tanto como leer y viceversa. O quizás porque nos guste leer sea que también nos encanta viajar… Las letras y la tierra tienen un vínculo muy fuerte, y eso ya lo sabía Homero cuando escribió su obra maestra. En realidad, cada libro es un viaje: se parte de algún lugar y se llega a otro, a veces completamente desconocido. Esa ruta en el tiempo y en el mundo a través de capítulos también puede recorrer  banquetes y libaciones, por qué no. Bien, como dentro de pocos días se celebra la fiesta de los libros es inevitable hablar de ellos.

Para el viaje que hoy propongo hay que cruzar el charco y poner rumbo a la tierra de la serpiente emplumada, el águila, el alebrije y los mariachis. Y llegar allí, a ese gran pedazo de mapa que en mi atlas personal aúna belleza, poesía y emoción a raudales. Mi álbum de fotos está lleno de imágenes de mi primera cita con ese país (está claro que espero que no sea la última): una colección de polaroids en las que aparecen las deliciosas flores de calabacín, las micheladas, el descubrimiento del tamarindo, el inagotable Museo Nacional de Antropología, el último hogar de Leon Trotsky, un montón de libros… Sabores, olores, cultura y también personas: grandes personajes reales que tuve la fortuna de conocer y que hace muy poquito consiguieron volver a emocionarme de arriba abajo: les voy a regalar un puñadito de sal, un artículo muy largo, al que no le sobra ni una coma, que comienza con una conversación de comida de fiesta y va revelando la inmensa personalidad del filósofo Luis Villoro. Está aquí y lo escribió, con una mezcla maravillosa de amor y rigor, su hijo el escritor Juan Villoro.

Aquí van dos regalos más: el primero es un poema y lleva mucho tiempo haciéndome compañía. México tal vez sea más conocido aquí por sus narradores que por sus poetas, pero yo, la verdad, creo que no podría elegir entre Carlos Fuentes y Juan Rulfo o José Emilio Pacheco y Jaime Sabines.

El segundo regalo es musical y contiene algunos de los deseos más bonitos que pueden ofrecerse a alguien: que las persianas corrijan la aurora, que te aproveche mirar lo que miras… Aquí está ese momento inolvidable, con la reina Vargas hablando en el hermoso español de México y cantando con su cuate del Atlético de Madrid. Al fin y al cabo, toda esta generosidad de regalos es una nimiedad comparada con lo que realmente aportó el pueblo mexicano cuando acogió a los republicanos exiliados de España. La emoción también es escuchar a los niños del Colegio Madrid, en Ciudad de México, cantando el himno de Riego. En fin, un verdadero banquete de emociones.

Aztec_calendar_on_Amate

By Pacofender – Own work, GFDL, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7697114

 

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