El primer banquete

Presentación Contrabandos 3El primer libro que leímos, el primer beso, nuestro primer viaje al extranjero… La vida está llena de primeras veces, primeras ocasiones que se convierten en una especie de etiquetas y nos ayudan a organizar esa sucesión de aventuras y desventuras también conocida como “vida”.

Y para abrir boca en este blog nuevo que huele tan maravillosamente a cuaderno en blanco, aquí va una pregunta: ¿cuál fue nuestro primer banquete?

Empezaré yo misma… Recuerdo las comidas familiares de la infancia, las reuniones de un buen puñado de gente (las familias mediterráneas desconocen el minimalismo) en todo tipo de celebraciones y eventos… Pero los banquetes familiares nos darán para varias entradas (e incluso para un novelón), así que voy a intentar remontarme al primero de verdad: a un banquete infantil del que apenas tengo recuerdos nítidos pero que seguro que sería capaz de reproducir con la memoria de los sentimientos, con la impronta de esas impresiones que quedan dibujadas en lo más oculto de la piel. Me refiero a la que fue nuestra primera relación con la comida. Sé que no siempre es sencilla y que se ha estudiado y escrito mucho acerca del vínculo materno-afectivo-nutritivo que marca nuestras vidas.

Cuando el bebé sea algo más mayor, entenderá perfectamente el momento-banquete y llegarán los festines y la participación en el ciclo anual de fiestas que se suceden a lo largo de los doce meses de nuestra vida. Pero me pregunto hasta qué punto los niños que todavía no han cumplido el año pueden percibir la comida en abundancia, la comida especial, esos alimentos que trascienden el mero hecho de comer. ¿Podrá un crío o una cría de nueve meses ser consciente del alboroto que provoca una cena de navidad o un banquete entre amigos?

Pero mi intención es bucear en mi memoria más prehistórica y encontrar algún atisbo de ese primer banquete… A mi cabeza vienen algunos apuntes: los de los banquetes como espacios cerrados donde tenían lugar misteriosas conversaciones de mayores, charlas que interesaban especialmente porque no se comprendía y, sobre todo, porque no se había sido invitada a ellas de ninguna manera.

Una pincelada más real remite al mundo de los sabores: tutti fruti, con ese suave deje italiano que hace todavía más exótica la combinación de la vainilla con las frutas confitadas o caracoles, una comida que no a todo el mundo agrada pero que permite sentirse miembro de un selecto club. Precisamente ese ámbito estricto, privado y solo apto para iniciados donde todo pertenece al arcano mundo adulto al que tanto queríamos pertenecer y del que luego tanto desearíamos huir y dejar atrás. Pero esas son otras historias que, les prometo, contaré próximamente.

 

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